Castella: Coloso en el Coliseo, 100 orejas en Nimes

Castella: Coloso en el Coliseo, 100 orejas en Nimes

Hay cifras que trascienden lo numérico para convertirse en símbolo. Y la relación entre Sebastián Castella y Nimes ya pertenece a esa dimensión. Ayer, el torero de Béziers alcanzó una barrera histórica: 100 orejas cortadas y 29 salidas en hombros de las cuales 18 Puerta de los Cónsules en 57 corridas lidiadas en el anfiteatro. Un registro vertiginoso. Una huella imborrable.

Porque Castella no es un torero más en Nimes. Es su casa. O mejor dicho, es el torero de su gente. Entre el público nimeño y él existe una conexión profunda, hecha de pasión, respeto y una fidelidad que el tiempo no ha erosionado. Una historia construida a lo largo de 26 temporadas en la cima del toreo, marcada por gestas inolvidables —como aquellas encerronas — y tardes que ya forman parte de la memoria taurina.

De Madrid a Nimes, el hilo de la emoción

Hace apenas unos días, en la Plaza de Toros de Las Ventas, Castella rozó la perfección. Una faena cumbre, posiblemente la más completa de su carrera madrileña. Toreo profundo, sentido, de verdad. De ese que queda para la historia. Sin embargo, Madrid volvió a ser Madrid: la espada le negó la Puerta Grande.

Ayer, en Nimes, el destino le devolvió lo que le debía.

Frente a los toros de Santiago Domecq, Castella prolongó ese estado de plenitud. Dos faenas de gran nivel, marcadas por el temple, la entrega y una intensidad emocional que conectó de inmediato con los tendidos. Dio, una vez más, todo lo que es.

Y esta vez, la espada sí cayó.

Dos orejas que valen mucho más. Dos orejas que le permiten alcanzar ese listón simbólico de 100 en su historia nimeña. Un número que habla de constancia, de verdad y de compromiso.

Pero más allá de la estadística, queda la imagen: la de un hombre emocionado, tocado por dentro, consciente de lo que representa Nimes en su vida. Porque aquí, cada triunfo tiene otro sabor. Aquí, cada mirada importa.

A sus 26 años de alternativa en la cima, Sebastián Castella sigue siendo una figura del toreo en toda su dimensión. Ayer volvió a demostrarlo: por su entrega, por su pureza y por su capacidad intacta de emocionar.

El coloso del Coliseo no solo alcanzó una cifra. Recordó, una vez más, quién es.

Y en Nimes, su historia —como su leyenda— sigue escribiéndose.