El pasado se hace presente en Sevilla de la mano de Morante de la Puebla
José María de Cossío publicó en 1943 ‘El Cossío’, la mayor enciclopedia taurina. El célebre crítico fallecía en 1977, dos años antes del nacimiento de Morante de la Puebla. No llegó a conocerlo, pero lo que sí es seguro es que de haberlo hecho ahora estaría dedicándole una obra exclusiva. Lo que ha hecho el torero cigarrero hoy en La Maestranza trasciende el último siglo de la Tauromaquia. Un fiel reflejo de una estampa antigua en la que se se dieron cita en sus manos Pepe-Hillo, Gallito, ‘El Gordito’, Belmonte y hasta Chicuelo. Me atrevería a decir que incluso algunos más, pero puede que a la mayor parte de la afición se le haya pasado por alto. Porque en el erudito Morante emanan y confluyen todas las tauromaquias recreadas y reinterpretadas por él.
El lío llegó a la salida de ‘Colchonero’. Morante se postró en las tablas para saludarlo con largas a una mano. Las primeras, de una en una, hasta tres, porque el toro salió abanto; luego, un manojo ligando para proseguir con verónicas hasta los medios, cargadas de empaque y barroquismo, y, después, lo colocó por tijerillas en el caballo. La locura fue a más cuando tomó los rehiletes con la montera antigua: tras clavar dos pares soberbios, pidió que le bajaran una silla. Esperó al toro sentado en ella para ponerlas al quiebro por los adentros. El torero cigarrero, con la plaza en pie, volvió a echar mano de la silla en un inicio con ayudados por alto. El toro fue muy noble, con una embestida suave y aunque falto de mayor raza, le sirvió para extasiar a La Maestranza. Lo sacó hacia los medios, donde firmó varias series con mucha verdad. Los naturales fueron mayúsculos, pero hubo uno en redondo sencillamente eterno. Fue acortando las distancias José Antonio, esculpiendo cada muletazo en un palmo. Una faena histórica que, de haber culminado con una estocada, la petición de rabo hubiera sido unánime. Eso no le resta ni un ápice a la gran obra que firmó. Fue tal el revuelo que montó que, tras finalizar la corrida, un gentío saltó al ruedo queriendo sacarlo por la Puerta del Príncipe, pero la autoridad lo impidió. Morante se fue por la puerta de cuadrillas, bajo palmas de bulerías y el ya mítico canto de ‘¡José Antonio, Morante de la Puebla!’.
Antes, su primer toro, ‘Nenito’, salió algo sueltecito, pero cuando se fijó en el percal de Morante le dejó un ramillete de verónicas muy estéticas, como lo fueron también las chicuelinas con las que quitó Ortega. El de Álvaro Núñez fue un toro sin raza y áspero al que, tras las probaturas, cogió la espada —con la que ya había salido— y acabó con él de una estocada.
La tarde vivió otros dos capítulos que quedaron ensombrecidos con lo ocurrido en el cuarto, pero no por eso hay que restarle la importancia que merecen. La Maestranza cayó en silencio cuando Juan Ortega, capote en mano, decidió para sorpresa de todos irse a portagayola, en la que pudo ser arrollado por un ‘Campiñero’, que saltó abanto. Una vez se sujetó en el percal, el torero trianero le dibujó una serie de verónicas exquisitas, a cámara lenta, y más lo fue la media. Por otro palo, Víctor Hernández quitó con unas gaoneras ajustadísimas después de que el animal no se empleara en el peto. El inicio fue muy torero, con trincherillas y pases por bajo hasta llevárselo al centro del platillo. La música rompió tras una primera serie muy templada y con hondura. Por el pitón izquierdo, el toro no quiso pelea y estuvo a punto de coger al sevillano. Volvió a tomar la diestra con el de Álvaro Núñez ya venido a menos, pero con el que cada muletazo se sintió en los tendidos. La espada cayó baja y perdió la oreja.
‘Barrerdor’ saltó al ruedo bajo la anestesia de la borrachera de toreo de Morante. No era fácil dar la cara, pero Ortega salió dispuesto para saludarlo por verónicas. Le tocó un quinto áspero, desrazado, sin fondo y que en cada muletazo fue a peor.
El debutante Víctor Hernándezquiso dejar patente que es un torero diferente. Recibió a ‘Agua Clara’ con una larga de rodillas que combinó con caleserinas. Inició por estatuarios, inmóvil, el último tercio. El madrileño estuvo muy asentado, toreando muy puro por ambas manos: con la diestra, con más profundidad; al natural, con más despaciosidad. El de Álvaro Núñez tuvo mucha clase y ritmo, pero le faltó algo de fuerzas, perdiendo las manos en momentos clave. Los naturales finales, ya de uno en uno, con el astado venido a menos, al igual que el cierre, fueron de categoría. Mató de una estocada y paseó una oreja.
‘Trampero’, que cerró plaza, se fue de forma muy violenta contra el caballo de picar, al que llegó a herir. Al astado le faltaron fuerzas y transmisión, aunque fue noble. Víctor Hernández fue trabajando una labor en la que robó muletazos con mucha naturalidad por ambos pitones, bajo la atenta mirada del público. El madrileño, más allá de los trofeos, ha entrado en Sevilla, como lo hiciera ayer Aarón Palacio. Dos jóvenes toreros que han aprovechado la oportunidad que les dio Lances de Futuro y que merecen volver a pisar el coso del Baratillo.
Morante de la Puebla (de chocolate y oro), silencio y dos vueltas al ruedo tras petición.
Juan Ortega (de pistacho y oro), ovación con petición y silencio.
Víctor Hernández (de grana y oro), oreja y ovación.
Incidencias: Saludó Marcos Prieto tras banderillear al sexto.
